Cuando la soledad
ocupa más espacio que el propio interior, en ese momento, la soledad forma
parte de nuestro cuerpo.
El estar rodeado de
seres no significa que cada uno de ellos aporte algo a nuestro envase vacío.
En una recurrente
introspección, el malestar rutinario aparece, es el único que no abandona.
Terminamos haciéndonos amigos del vacío interior, que en realidad más que amigo
es nuestro enemigo número uno.
No existen manos que
puedan desenredar los hilos de la mente, quienes son los dueños del títere de
la soledad. Que la manejan sobre nuestro escenario corporal, para un público
reducido, solo nosotros. Solo yo.
La catarsis del
papel es la única aliada a lo poco que queda de nuestro sentimiento de querer
liberarse de la soledad. Y así se vuelca en un par de renglones una mancha
negra, mancha que crece en esta superficie pero que produce una satisfacción no
menos importante, hace disminuir la nada interna.
Y recién ahí, de a
poco, vamos llenando de vitalidad nuestro centro. El envase se agrieta y se escapa
el vacío. Nos liberamos. Me libero.
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