domingo, 27 de abril de 2014

La insoportable soledad de ser.

Cuando la soledad ocupa más espacio que el propio interior, en ese momento, la soledad forma parte de nuestro cuerpo.
El estar rodeado de seres no significa que cada uno de ellos aporte algo a nuestro envase vacío.
En una recurrente introspección, el malestar rutinario aparece, es el único que no abandona. Terminamos haciéndonos amigos del vacío interior, que en realidad más que amigo es nuestro enemigo número uno.
No existen manos que puedan desenredar los hilos de la mente, quienes son los dueños del títere de la soledad. Que la manejan sobre nuestro escenario corporal, para un público reducido, solo nosotros. Solo yo.
La catarsis del papel es la única aliada a lo poco que queda de nuestro sentimiento de querer liberarse de la soledad. Y así se vuelca en un par de renglones una mancha negra, mancha que crece en esta superficie pero que produce una satisfacción no menos importante, hace disminuir la nada interna.

Y recién ahí, de a poco, vamos llenando de vitalidad nuestro centro. El envase se agrieta y se escapa el vacío. Nos liberamos. Me libero.

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